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Relato incluido en el libro "Golpe a la corrupción" |
Aquí no se libra ni dios
Los lobbistas me hacen entender un problema en diez minutos, mientras que
mis colaboradores tardan tres días. (Frase
atribuida a J.F. Kennedy)
ADVERTENCIA
Conviene señalar que esta historia, que me tiene
como protagonista, es absolutamente real. Ahora, que me sé a salvo, quiero
contarla y haceros participes de las intrigas del poder, a las cuales accedí de
la manera más insospechada.
–¡No me jodas! ¿Estás seguro?
Sin mediar palabra, cabeceé
una vanidosa afirmación. No cabía de satisfacción dentro de mí, y en mi mueca
paladina, se debía notar que buscaba el reconocimiento del director.
–¿Está contrastado?
–Lo está.
–¿Y las fuentes?
–De fiar.
–Mira que como no sea
cierto, nos metemos en un lío.
–Tengo pruebas. Y menudas
pruebas –afirmé.
El director, Eugenio
Mirafuentes, sentado en su despacho, volvía, una y otra vez, a ojear los
papeles, incrédulo, paseándolos por sus manos con ímpetu agitado, como si
quisiera airearlos para que se desprendieran de ellos algunos textos que le
incomodaban, y a los que le costaba dar crédito.
–¿Y la competencia, tiene la
información? –apostilló desde su trono de marfil, eclipsado, con un titubeo
poco habitual en él, hombre dominante. Su cara era el vivo reflejo del mar de
incertidumbres que se mostraba ante sus ojos y entendimiento.
Con las ganas que tenía yo
de ver publicada la obra, sabedor que nadie más podía ser dueño de esa
información, sólo los implicados, y, entre ellos incluyo al soplón que me había
revelado todo el asunto, encogí el cuello y alcé los hombros, intentando
mostrar unas dudas que no tenía.
–Si hay algún error, te
mato, ¡lo juro por mi santísima madre, qué está bajo tierra, que te mato!
Yo sonreí, orgulloso.
Tanto tiempo detrás de la exclusiva y, por fin, lo había conseguido.
–Espera ahí fuera, que
tengo que realizar algunas llamadas, a ver si mañana podemos sacarlo –me
indicó, ahora con una suavidad deslumbrante y muy poco habitual.
Di unas vueltas alrededor,
visitando a los fijos, guardando un sobrio silencio sobre lo que tenía entre
manos. Era tal el frenético trajín que rondaba por la redacción, que algunos de
mis conocidos ni me pudieron saludar.
Salí al vestíbulo y me senté en el sofá, enganchándome a los auriculares.
Seis meses atrás, me había llegado un soplo anónimo, con tintes alevosos,
que me puso sobre aviso. Parecía, en un principio, que se trataba de un asunto
de poca monta, una revancha. Es verdad que se trababa de una revancha que
implicaba a los de las altas esferas, sí, pero no era nada más que eso; además,
de momento, el soplón no aportaba pruebas concluyentes. Yo, por mí parte, no
permití que desmereciera mi atención, ávido como estaba por encontrar un filón.
Y lo que son las cosas, desenredando, desenredando, la trama fue a más, hasta
convertirse en un autentico bombazo, o al menos, eso presumía yo.
Con cada nuevo
descubrimiento, me regocijaba para mis adentros con satisfacción momentánea, percatándome
que tras el hilo del que tiraba, había una madeja muy enmarañada con visos de embarazoso
esclarecimiento. Ansiosamente me sumergí en el asunto, como si la vida fuera en
ello.
Pronto comprendí que el asunto era de tal envergadura que se me escapaba de
las manos y, aunque necesitaba la ayuda de alguien, no sabía a quién recurrir. La
red que intentaba desenmarañar congregaba a personas influyentes y,
supuestamente, honorables, además de otros nombres, para mí, todavía
desconocidos. Pero me faltaba algo, lo más importante, las pruebas que
vinculaban todo ese espinoso asunto.
Aplicado al caso, me informé de algunos temas que únicamente conocía a la
ligera, como el resto de los mortales. Esa era la cosa, la opinión pública no
sabe de leyes ni de los tejemanejes que se dan en los círculos del poder, por
eso, el pueblo es capaz de permitir lo que permite.
Indagando, tomé consciencia de las fallas del sistema, comprendiendo que no
eran lapsus en la redacción de las leyes, era una quiebra intencionada para
permitir los excesos de los privilegiados. Y los políticos, que eran los
promotores y quienes estampaban las leyes en la sociedad, salían muy
favorecidos.
Cada vez que aparecía un implicado con más renombre, las cifras que se
barajaban eran más astronómicas, y los sobornos más camuflados, de una
sofisticación tal, que me parecía mentira.
–¡Hasta dónde se puede llegar! –reflexioné en voz alta, sin darme cuenta.
Viendo cómo funcionaban las cosas, decidí reunirme con el soplón, a pesar
de las reticencias de este. Quería saber quién era y el motivo de esas
acusaciones. Le fui muy claro:
–Si no nos vemos, no se publica nada.
Ante mi contundencia, el otro consintió.
Era, ni más ni menos, el hombre fuerte de un lobby desterrado. Albergaba un
odio siniestro hacia los promotores de las últimas leyes aprobadas, que no eran
otros que los políticos de las más altas esferas. Ahora, quería destapar un turbio
asunto, muy común en las altiplanicies del poder, pero sin regulación legal, donde
sus hábiles dirigentes se aprovechan de las más sibilinas trampas.
La verdad, no conocía en profundidad que era eso de los lobbys. Precipitadamente, me puse a
ello.
Los lobbys son equipos poderosos e influyentes que hacen de intermediarios
entre los grandes grupos, sobre todo empresariales, y la casta política. Ejercen
una gran influencia en esa casta con sus dadivas millonarias, casi chantajes,
cuya presión nadie se atreve a contradecir. Como iba viendo, no eran pocos los
que se dejan corromper por ellos. Las estrategias de los lobbys, confabulados
con lo políticos, a los que tenían acceso de manera sorprendente, son de lo más
variopintas: dinero, viajes para conocer el producto con estancia en los
hoteles más renombrados, invitaciones con gastos pagos a cualquier cosa que
fuera del deseo del implicado, regalos carísimos, fiestas espectaculares, además
de cenas para pactar acuerdos, etc. Hay que tener en cuenta que la traducción
de lobby es ‘vestíbulo’, en alusión al lugar camuflado donde se firman este
tipo de pactos. En esos encuentros, los políticos buscan al mejor postor antes
de estampar las leyes por decidir, ignorando por completo los intereses de la
ciudadanía. Y lo más asombroso, esta práctica tan habitual, es absolutamente
legal, aquí, en España, lo mismo que en Bruselas o en el resto de democracias
que se precien.
La más absoluta de las indecencias, legalizada. No llegaba a salir de mi
asombro.
–¿Puedo grabar? –pregunté cuando nos sentamos, uno enfrente del otro, a la
mesa más esquinada del restaurante.
–No –contestó, tajante, el soplón–. Tampoco te va a hacer falta, todo lo
que es importante escuchar está aquí dentro, en la caja de Pandora–, dijo, palmeando
el maletín que tenía al lado, como si fuera una tierna mascota que había criado
desde pequeña.
Yo, infringiendo las normas de la prudencia, a la par que las de la cortesía,
llevaba oculta una grabadora; no obstante, tuvo razón el soplón, no me hizo
ninguna falta.
–¿Quiénes están implicados? –quise saber, de sopetón.
Él no se echó atrás.
–Todos.
Sus lánguidos ojos chispearon ese instante. Mi tic de interrogación le dio
alas para continuar su plática, generalizando, pero sin soltar las perlas que
deseaba escuchar.
–Cómo lo oyes, todos, todos los que pueden sacar provecho propio, todos, aquí
no se libra ni dios. Desde el más tonto que pasaba por allí hasta los hombres
de más prestigio y alcurnia, no se salva nadie.
–A mi no me vale con eso, quiero nombres, pruebas, cifras…
El soplón, de torvo mohín, alzó su copa al viento, apareciendo en su hocico,
de soslayo, una cínica sonrisa que sabía
modular a su conveniencia.
–Esto es para ti –afirmó, acariciando, otra vez, a su mascota de piel de
cocodrilo.
Me arrimó el maletín.
–Ahí tienes todo lo que buscas.
Yo me dispuse a ojearlo, pero me paró, rotundo:
–Aquí no. Ya tendrás tiempo para verlo. Y saborearlo –volvió a blandir esa
mueca de sonrisa falsa y apuró su copa de vino, enarcando las cejas.
–¿Hasta dónde llega esto? –pregunté.
–Muy arriba -observó–. No te quiero decir más, pero piensa que hasta el
Ministro de Agricultura pertenece a un potente lobby petrolífero. Él es el
causante de mi puta ruina. Ganaron los combustibles fósiles y perdimos los
verdes, así es la vida. Pero se van a enterar –prometió–, por eso y por mil
cosas más.
–¿Puedo saber su nombre?
Entre sus labios, antes de contestar, asomaron unos dientes impecables,
cabildeando, otra vez, a su antojo.
–Nadie. Mi nombre es Nadie.
Fue lo último que dijo, pues se levantó y salió a toda prisa del
restaurante, dejándome allí, pensativo, apurando tranquilamente la copa.
En la intimidad de mi choza, acompañado por el escandaloso donaire de los
acordes del gran Jimi Hendrix, abrí el maletín con la ilusión de un niño
jugando a espías. Pero, hasta a James Bond le hubiera pasado lo mismo si
hubiera encontrado lo que allí hallé.
En los papeles, leí
nombres y apellidos, algunos que conocía y otros que no tardé en conocer.
Escribiendo su nombre en Google,
enseguida supe de quienes se trataba, casi todos eran políticos de poca monta,
pero enseguida aparecieron consejeros, autonómicos y estatales, senadores,
diputados y ministros. Y no eran los únicos, la monarquía, presuntamente,
también estaba envuelta en enredos comprometidos.
En otro apartado aparecieron las sugerencias desestimadas de grupos
empresariales y bancarios; en otro diferente, una gran variedad de leyes
aprobadas, adjuntas a las sugerencias triunfadoras –casi órdenes– de los lobbistas ganadores. Entre las leyes,
había de todo, de costas, de carburantes, de la banca, armamentísticas, relacionadas
con la sanidad, con la transmisión de fondos públicos a corporaciones privadas o
sobre privatizaciones, muchas privatizaciones. Todo parecía estar vendido, muy
bien vendido, o en venta.
Otra carpeta estaba a rebosar de papeles imprimidos, con una retahíla
inacabable de escandalosos correos electrónicos. De momento, no me entretuve
con ellos más de lo justo, y eso que la sabrosura que desprendían los golosos
mensajes me tenía boquiabierto, pero estaba deseoso de seguir destapando
irregularidades, o en su caso, corrupciones legales.
Lo más suculento se encontraba en la carpeta de los sobornos. Los había de
todo tipo y condición, pero lo que más estimaban los políticos, parecía ser,
eran los buenos puestos en la administración privada cuando abandonaran la
política, como asesores o consejeros; eso sí, después de haber intercedido a su
favor. Allí estaba la demostración de muchos casos conocidos que han salpicado
la honorabilidad de los partidos, y otros que se encontraban en inmediato aguardo.
No en vano, la ley, ¡otra vez la ley!, obliga a los dirigentes políticos a
esperar un breve espacio de tiempo desde que dejan sus cargos públicos hasta
que pueden incorporarse en el mismo sector de lo privado.
–Ellos se lo guisan y ellos se lo comen –pensé yo, no exento de ironía,
pero también de rabia.
Me serví una copa y conecté el pendrai
al ordenador. Le di a reproducir. Me tuve que levantar como una exhalación a parar
el ritmo cadencioso de la mágica guitarra de Jimi Hendrix. Mi sobresaltado
impulso estuvo a punto de caer la copa, que se cimbreó al compás del virtuoso
rasgueo del guitarrista. No me podía creer lo que comencé a oír, y eso que ya
estamos bien acostumbrados a escuchar ese tipo de conversaciones acusatorias en
la televisión; aunque, para sorpresa de todos, después, en los juzgados, no tengan
el recorrido que se merecen. Y ese era el funesto dilema, subrepticiamente aclarado
en las grabaciones y en las carpetas que me faltaban por abrir. La justicia,
que tenía que acometer esas fechorías, comía en las manos de los estafadores,
pues, como pude comprobar, no eran pocas veces que los fiscales, responsables
de desentrañar tan oscuras tramas, parecían formar parte de los equipos de
defensa de los malhechores.
La primera conversación
que escuché era la de un importante cargo público con el correveidile de un
famoso constructor:
–¿Qué pasa, colega, que
hace mucho que no nos vemos? –preguntaba el político, alegremente.
–Ya ves… aquí… ¿pero…, qué
tal te va, tío?
–Pues nada…, te llamaba
para darte las gracias, ¡joder, qué esplendidos sois!, no tenías que haberte
molestado, lo mío… yo… vamos, que no ha sido nada.
–¿Nada, tío? Después de lo que has hecho por nosotros, era lo menos, qué bien
lo tienes merecido.
–No tengo garaje para tanto coche –río cínicamente–. Muchas gracias, pero…
te has pasado tres pueblos, de verdad, colega, ¡vaya pasote!
–Gracias a ti, tío, no sabes lo que me lo ha agradecido el jefe. Y a ti,
porque ya sabe que has sido tú, ¡hostias!, se lo tenía que decir, cuando lo
tuyo pase, vente con nosotros, que necesitamos gente como tú, eso, si antes no
te hacen presidente, que según va la cosa, ya verás, ya.
–Qué cosas tienes –exclamó ilusionado–, yo no hice nada, era lo más
coherente, ¿quién iba a hacer mejor que vosotros esa autopista? Nadie, ¡joder!,
nadie –preguntó y él solo se contestó.
–¿Qué tal la family?
–Mi mujer está encantada con el collar, ¡eres la hostia, joder!
–¿Pero le dijiste que se lo habías comprado tú, no? Habíamos quedado en
eso, ¿no me habrás fallado? –ahora el que reía, con risita adulterada y
prepotente, era el representante del famoso y prospero constructor.
–Y quedé como un marqués, colega, no te creas… Perlas naturales, ¿qué pasote!
Os tuvo que costar un montón.
–¡Bobadas! Oye, tenemos que hablar, pero en privado, que hay unos proyectos
que te van a interesar, segurísimo, ya verás, una bomba. Cenamos uno de estos
días, ¿va? Porque hay un problema, ya sabes, siempre hay algún problema. Está metido
por medio el hijo puta, ya sabes a quien me refiero, y también está interesado.
Una movida de la hostia, súper golosa. ¿Y sabes quién lo apoya?
El político, suspirando, reconoció:
–Pues… no.
–El de siempre, el cabrón que te quiere hacer sombra. Tienes que hacer
algo, que nos puede dar problemas.
–Vale, ya me contarás… y… yo… bueno, yo hablo con él.
–Y otra cosa, ahora que me acuerdo, te voy a enviar una caja de vino que me
ha regalado el jefe, ya verás, del que bebe Julio Iglesias, ¡de puta madre,
tío, de puta madre. Te lo juro, está de puta madre!
–Hablaré con él.
–Ya verás que vino, no sé si estarás acostumbrado a eso, pero… tío, es lo
mejor que te puedas imaginar, por algo cuesta lo que cuesta, claro…
–Bueno, colega, te tengo que dejar, que llaman al despacho. A ver si nos
vemos pronto, díselo a la mujer y cenamos los cuatro.
–Yo invito, ¿vale, tío?
–Venga, nos llamamos y eso…, y muchas gracias por todo. ¡Ah!, y ya te
contaré cómo tal está el vino de Julio Iglesias.
A pesar de los mutuos agradecimientos y amigables cumplidos, lo que había
detrás de sus voces, me parecía a mí, no entonaba con las lisonjas expresadas,
eran halagos de este tipo de laya, ruin y mentirosa que, con cada falsa
adulación, lo que formulaban era un profundo desagrado interno. Lo único que en
verdad los unía eran sus depravadas codicias.
Tenía razón el lobbista, no se libraba ni dios. Las siguientes grabaciones
a las que di oído fueron del mismo jaez. En muchas ocasiones era mi soplón
quien hablaba, desempeñando su oficio de lobbista, y sus interlocutores iban desde
el concejal del pueblo más desconocido hasta renombrados políticos e incluso
ministros, abogados, fiscales, magistrados y algún que otro sindicalista. Cada
uno tenía una labor muy definida, unos blanqueaban el dinero, otros hacían las
leyes, otros hacían la vista gorda o dejaban pasar el tiempo para que los
delitos prescribieran. Allí tenía yo suficientes pruebas sonoras que
testimoniaban lo común de ese tipo de prácticas.
Una cosa me pareció extraña. Cada vez eran menos discretos. Estos tipos, o
bien se confiaban demasiado o habían perdido el miedo a ser descubiertos, como
si supieran que nada se podía hacer contra ellos. Y la verdad, después de todo
lo que ha ido pasando con las corruptelas, pocos han tenido la condena que
merecían sus enviciadas acciones.
El dinero era capaz de sobornar al más pintado. Y me daban asco. Los
comencé a odiar.
No sé cuánto tiempo pudo pasar desde que llevaba sentado en el vestíbulo de
la redacción del periódico, recapitulando las andanzas del último medio año,
cuando, con paso firme y ligero, vi como se me acercaba el director Eugenio
Mirafuentes, su acostumbrado rictus hermético instalado en ese gesto inexpugnable.
–Bueno, ya está –me
anunció.
–¿Mañana? –pregunté,
impaciente.
Mirafuentes no contestó,
pero su taimada sonrisa, en un principio, me tranquilizó. Y digo al principio,
porque después concluyó:
–A partir de ahora tienes
que saber bien lo que haces. Piensa que enfrente tienes a gente muy poderosa.
Ándate con cuidado.
Yo me sentí orgulloso. El
día siguiente se destaparía el caso que haría temblar el sistema. La mecha
estaba prendida, mañana saltaría la bomba. Pero las últimas palabras del
director dejaron un poso de inquietud en mí ánimo. Aún así, salí de allí con
intención de celebrarlo, no en vano, mañana, por fin, y para mi satisfacción, iba
a estar en boca de todos.
Bajé las escaleras como
una liebre, saltando los peldaños de tres en tres. En la misma puerta de la
calle chisqué un cigarrillo, tiré mi bufanda alrededor del cuello y me encaminé
al bar más cercano. Un hombre, grande como un armario ropero, se me acercó y me
pidió fuego. Un Jaguar se detuvo a nuestro lado.
–Mi jefe quiere hablar
contigo –me dijo Armario Ropero, encarando el coche que acababa de aparcar,
mientras yo, tonto de mí, me disponía a pasarle el mechero.
–Tengo prisa –dije,
intentándome zafar.
Armario Ropero, con
prudencia escalofriante, levantó su chaqueta y dejó entrever su revólver.
–Anda, entra –entonó con
seriedad mortecina, empujándome hacia el Jaguar, justo en el momento en que la
puerta se abría. Armario Ropero se sentó también.
Allí me vi yo, entre dos descomunales homínidos y otros dos en los asientos
delanteros, que más parecían gallos de pelea con los espolones a flor de piel.
Igual que Armario Ropero
era un animal, el otro que estaba a mi lado, que si era jefe de algo, lo era de
los tres perdonavidas que lo acompañaban, se intentó mostrar amable, como si
quisiera hacer gala de una dignidad de la que, sin ninguna duda, estaba
privado.
–Parece que quieres
meterte en líos –soltó.
–¿Qué pasa? ¿A qué viene
esto? –pregunté yo.
–Te voy a ser claro, hijo,
tienes una única opción: olvidarlo todo. Eso sí, puedes elegir entre dos
maneras de hacerlo y callarte de una puta vez. Una, acabar en una fosa… –el
bravucón dejó su frase suspendida en el aire del Jaguar con ambientación a pino,
intentándome causar pavor, algo que, sin duda, consiguió, obnubilándome por
completo–, la otra, coger esto e irte para casa. Y después a celebrarlo.
Otro maletín apareció,
como por arte de magia, junto a mis piernas.
–Pero elige ya mismo
–ordenó, impaciente.
Estaba paralizado.
–Venga –presionó.
Al poderos contar esto y, si además, os digo que lo hago desde la terracita
de mi choza en Miami, junto a la piscina, mirando al mar y tomando un daikiri, imaginaréis
cual fue mi decisión en aquel momento. Comprenderéis también que, el director
del periódico, Eugenio Mirafuentes, jugaba a dos bandas. En su defensa, diré
que esos tipos lo tienen todo bien atado. Peor le fue al lobbista, pues, a la mañana
siguiente, apareció ahorcado debajo de un céntrico puente.
Ahora, yo, podría pedir
perdón y quedar bien, pero no lo haré, ¿qué habríais hecho vosotros en mi lugar?
* * *
Copyright del relato Aquí no se libra ni dios José Villalba Garrote
Relato, que forma parte del volumen:
Castilla y León + Castilla-La Mancha: golpe a la corrupción (10 narradores en clave de encuentro)
Ediciones Atlantis. Madrid - 2013
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