26-04-2013
LIBROS
El otro día se celebró el Día del Libro.
Cuentos, relatos, poemas, aventuras, pensamientos, fantasía, teatro, acción,
viajes, misterio..., los libros, como el aire que respiramos, o el pan que nos
llevamos a la boca, son imprescindibles, nos lo exige nuestro afán de libertad
y nuevas andanzas. Además, con ellos, podemos vivir diferentes realidades que,
de otra forma, nunca podríamos vivir. El día del libro, por lo tanto, debería
ser todos los días.
Su historia va pareja a nuestra
propia historia. En formato de piedra, madera, arcilla, papiro, pergamino,
papel… y, ahora, en formato electrónico, desde tiempos inmemoriales, hemos sido
acompañados por los libros. Pero nuestra relación con ellos no siempre ha sido
un jardín de rosas. Tardaron muchos cientos, miles de años, hasta que
verdaderamente se socializaron (y la cosa no ha terminado, pues todavía hay mucha
gente en el mundo que no puede aprender a leer). Y, cuando parecía que el
asunto se enderezaba, apareció la Inquisición con las rebajas. El resultado fue
una quema de libros indiscriminada, auspiciada por esos zafios motivos que
todos sabemos. Pero no quedó ahí la cosa, recordemos la época de los nazis. Y,
lo que es menos conocido, en la Universidad Central de Madrid, el día 30 de
abril de 1939, en un acto llamado “auto de fe”, los falangistas prendieron
fuego a una formidable montonera de libros.
Olvidemos el pasado y aprovechémonos
ahora que podemos, porque como la cosa siga así, dentro de poco, nos los pueden
hasta prohibir; no en vano, los libros ilustran, hacen críticas a las personas,
aportan la inquietud del cambio, ilusión y felicidad. Son, en definitiva, un
verdadero peligro para el poder reaccionario. Y, según está el patio, nada
sería de extrañar.
Ahora, ¡a leer, a leer!
J.V.G.
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Quema de libros en la Universidad Central de Madrid el día 30 de abril de 1939 |